Te extraño.

 

Hace tiempo que no quería ir por el que fue nuestro hogar.  Demasiados recuerdos, demasiados objetos… y tu tremenda ausencia.

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Intenté por todos los medios que pude y tuve a mano, que la razón pusiera orden de una vez, y que tu marcha fuera digerible. Todavía mascaba una y otra vez el final. Sin remedio.

Las escasas ocasiones en que fui valiente, tu olor, aquel que impregnaba todo, seguía presente y cerrando los ojos era inevitable imaginarte.  Al entrar al salón,  mirar a tu sitio y encontrarlo vacío,  la realidad me daba un buen cachetón a veces. Otras, una buena trompada.

No quería aceptar que te fuiste. Que no te volveré a ver, que no oiré aquella voz que era sinónimo de calor.

Pero ayer me cogieron de la mano y me dijeron “déjate llevar”. Me entraron  en la casa y me dirigieron a las habitaciones cerradas y, al abrirlas, comprendí que no te habías ido, que aquello que había pasado era porque aún estas aquí.

En nosotros. Y lloré.

Y aún en este momento trágico, recordaré el de ayer como uno de los días más bellos de mi vida.

Gracias, mamá. Te extraño.

Y volví a llorar.

En Gran Canaria,  pasados 23 días de abril de 2016

Días de otoño

541789_586610691365312_609863276_nVan cayendo sin cesar, una tras otra, muchas hojas ante mí. Y en cada una de ellas, un recuerdo. En una cuando me sentaste en la mesa de la cocina y me enseñaste las cuatro reglas. Otra, los bocadillos de media tarde con membrillo y queso. Aquella de más allá, olores de caldero y sartén. Tus manos a lejía de lavar en la pileta.

A éste montón que tengo aquí, les he dado con el pie y salen algunas que estaban escondidas: tus recios consejos, tus incontables “a ver si me coges fundamento”, tus angustias para hacer de un seis un ocho. De vueltos subidos una y otra vez en los pantalones de mis hermanos, de calcetines zurcidos como tapices de la fábrica real.

Y mientras siguen cayendo las hojas, mientras más desnudo se muestra tu cuerpo, más se ven tus fuertes raíces. Aquellas que junto con las del gran tronco de aquel árbol  que nos dio sombra hasta hace once años hicieron posible lo que hoy soy. Lo que hoy somos.

Pero veo, muy a mi pesar, que pronto quedarás como aquel que te acompañó. Y que mi mundo, el de aquel chiquillo que corría desde la “galería” a Las Tapias ya no será el mismo.

Observo que hay un pequeño bosque que ha ido creciendo alrededor de ustedes. Me reconozco en él. Y me alegro de tu orgullo al vernos, al sentirnos ahora, quizás, más que nunca.

 

Con el deber cumplido.  Debes estar segura de eso. Tranquila, mamá.

Ha caído otra hoja. Pronto Llegará el duro invierno.

Ley de vida.

(…y también eso me lo enseñaste).

Anodos de sacrificio

 

10269220-textura-de-la-madera-en-el-barco-de-lado-y-el-oxidoSi alguna vez te has fijado en los barcos, verás que muestran  signos de corrosión en unos puntos localizados.  Aquí y allá, lágrimas de óxido manchan  su casco afeando su esplendor original.  Y siempre los hacen en las mismas zonas. Esto que pudiera parecer un capricho o una casualidad no lo es en absoluto. Son los llamados ánodos de sacrificio. Se ponen ahí de manera deliberada para ser utilizados como  protección catódica. La corrosión, proceso absolutamente natural, se ve obligada por medio de corrientes eléctricas negativas a incidir casi exclusivamente en éstos ánodos (generalmente de zinc, magnesio o aluminio), liberando así el resto del material del deterioro. Una vez completamente oxidados, son fácilmente reemplazados.

En nuestra propia ingeniería vital, todos los utilizamos. Somos botados al mar con una apariencia inmaculada. Pero ellos están en nuestra estructura. Esperando lentamente. Y tras largas travesías, tormentas y viajes empiezan a aparecer de manera inexorable. Empezamos a comprender que nuestro camino tiene un alto precio que pagar y que, para llegar, habrá que ceder, habrá que llorar, habrá…que renunciar.

Renunciar a amigos, parejas, trabajos, sueños. Renunciar para llegar.

La memoria, esa gran terapeuta, nos acomodará para no echarnos  nuestros puntos de óxido a la cara cuando nos miremos al espejo; o quizás, cuando cerremos los ojos y nos acordemos de lo mal (o lo bien) que lo hicimos.

Y entonces sin remedio, los reemplazaremos por otros nuevos. Daremos una nueva capa de pintura a nuestro barco y, como si nada o casi nada hubiera pasado, iniciaremos una nueva singladura.

Pero no nos engañemos ni nos sorprendamos.  En todos los aspectos de la vida, en el laboral, en el personal, en el afectivo…nosotros también somos ánodos de sacrificio de otras personas. Somos elementos prescindibles que, una vez cumplida su función, seremos desechados sin ningún miramiento ni sentimiento de culpa. Debemos estar preparados.

Simplemente, porque ya no valemos para el viaje hacia sus sueños.

Es ist Kalt

 

Yeyo y Natalia

Yeyo y Natalia

 

Hace frío. ¡Maldita sea! Otra vez pensando en español- Debo decir…es its kalt. Mira que me ha costado hablar el idioma de Wagner, pero me es casi imposible desterrar quien soy y de donde vengo. La pequeña ciudad que diviso desde mi ventana se asemeja al belén que estará montando mi tía en casa de la abuela, con aquellos tejados blancos rellenos de algodón. Aquí es sustituido por auténtica nieve y carámbanos de afilado hielo. Para colmo de males se me quedó mi único par de guantes en el coche  de la compañera que ayer, después de salir a las diez, me acercó a casa. Tendré que ir con unos mitones que, a buen seguro, harán que las yemas de mis dedos parezcan estar llenas de tinta azul a los cinco minutos de salir del portal.

Qué le vamos a hacer. Con lo a gusto que estaría ahora, gozando de los veinte grados de mi isla. Incluso podría ir después  de cualquier guardia a dormir a una duna en el sur.

Con razón esta gente viaja continuamente allí, como las aves en invierno. Estos disciplinados cabezas cuadradas son muuuy inteligentes, la verdad.

Son las siete menos cuarto. Fiel y exacto con casi cien años de vida solo me pide que le dé cada noche su dosis de fuerza dándole cuerda. Y como siempre es inevitable que repita mentalmente lo que leo en su esfera de nácar: “Cuervo y Sobrinos. Unicos importadores. La Habana. Cuba”. Es el reloj de bolsillo que, junto a su leontina, me entregó mi padre en Gando justo antes de embarcar en el vuelo de bajo coste con matrícula irlandesa.

Me dijo: “era de tu bisabuelo Antonio, que vivía poco más arriba de Las Cuatro Esquinas en Telde. Lo trajo de Cuba, donde tuvo que marcharse como haces tú ahora .Cuídalo mucho y devuélvelo cuando regreses. Todavía no ha llegado el momento de heredarlo, mi niña”

No lloró, como yo, al decírmelo .Pero tuvo que haberlo hecho durante toda la noche. Sus ojos estaban inyectados de una pena absolutamente roja.

Debo apurarme. El tranvía amarillo que me llevará al trabajo pasará pronto. Amarillo, como las guaguas de allá. Estos brotes de nostalgia son cada vez más evidentes.  Encima el café con leche hoy no me sabe igual. Anoche descubrí con horror que mis reservas de gofio estaban mal calculadas. Tendré que traerme dos paquetes más del tostado de “La Piña” cuando vaya para las navidades.

Resulta curioso que lo que para mí es una golosina, para mi bisabuelo era un alimento básico.

Y penoso que, tres generaciones más tarde, un miembro de la familia tenga que marcharse por obligación a ganarse el sustento. Todo por culpa de estos voraces e incapaces que poniendo sus fotos tras cualquier sigla nos ha llevado a esta moderna miseria. Estoy seguro que el bisabuelo Antonio me hubiera dado unas buenas voces por permitir que lo que ellos y sus hijos lograron nos lo estemos dejando quitar sin ningún tipo de reacción, aprovechándose de una sociedad catatónica.

Lamentable.

Al parecer, pertenezco a la hornada humana mejor formada del país de Galdós ha sabido dar en su historia. Pero mis cuatro años de Licenciatura , los trabajos de investigación realizados, los kilómetros de pasillo hospitalario en una clínica del sur durante cuatro años, los dolores de espalda y las varices que surcan mis piernas no los he podido poner al servicio de un señor de Moya,  Agüimes o Arucas.

No creo poder ser otra cosa. La saga familiar en la profesión es larga y crecí desde chinija oyendo en la sobremesa lo que había pasado en el turno anterior. Vi a mi padre triste cuando no pudo hacer más por un paciente. Lo vi emocionarse cuando otro en la calle, lo saludaba con gratitud. Cuando buscaba su fonendo en casa y no lo encontraba en su sitio sabía donde hallarlo: en el fondo de mi caja de juguetes junto a mi adorada Aurora, una muñeca levantina que fue mi primera paciente.

El año que viene no podré volver a Senegal a continuar con aquel proyecto en la región de Casamance. ¡Como echo de menos a Moctar! Como le gustaba mi melena rubia…

Otra vez. Pero no. No puedo llorar. La señora Bachmann, de la 403, lo notaría. Y ella ya tiene lo suyo. Tenía doce años  cuando los aliados bombardearon Dresde con proyectiles de fósforo. No dejaron piedra sobre piedra. A ella, ciega y con una enorme quemadura en su espalda. Cuando llegue me olerá las manos como siempre y me dirá con una desdentada sonrisa:”Guten morgen, Natalia”

Y yo, tengo que cuidarla.

Estoy llegando. Son las ocho menos cuarto y lo leo otra vez, recordándome a cada tic-tac, su significado:

“Cuervo y Sobrinos. Únicos importadores. La Habana. Cuba

 

 

 

Pequeños milagros

Leire y yo

 

Hace nueve años y medio de ésta foto. El fondo es el de la Unidad de Cuidados Intensivos de Neonatología.  No creo que llegara aún a los dos kg.  y los pequeños ratitos que podíamos tenerlas cogidas en nuestro regazo, fuera de la incubadora, eran el regalo a tanto trabajo e ilusión. Las posábamos en nuestro cuerpo para hacerles sentir nuestro calor, nuestro cariño, nuestra fé en sus posibilidades.  Nueve años de trabajos, de quirófanos. de sustos, de viajes…

De risas, de orgullo, de satisfacciones. De tratar de absorber la vida por cada poro de nuestra piel, que es la suya.

Ahora están recogiendo sus juguetes tras inundar la casa con juegos y trasteos. La una se ducha cantando. La otra, siempre remolona, ayuda a su madre.

Y yo me he tirado al ordenador para decirles que estoy muy orgulloso. Tanto que no creo hacer otra cosa mejor en lo que me resta de vida.

Hoy, creo, dormiré de un tirón.

Un deber ineludible

 

Hace trece años aproximadamente vi, por primera vez  y con mis propios ojos, el encuadre que muestra ésta fotografía. Está tomada desde la entrada principal del Hospital  Universitario de Gran Canaria Dr. Negrín.

En ella se ve la calle central donde existe una galería comercial.

Aunque entonces…no era igual.

Eran tiempos de inauguraciones de centros de salud por doquier,  de un despliegue  de infraestructuras de todo tipo en las islas. Tiempos, al parecer y según dicen algunos, en los que vivíamos por encima de nuestras posibilidades.

Y no nos dimos cuenta.  Ahí estaba, porque estuvo siempre.  Metida  en las entrañas de un sistema de salud universal, donde como cualquier alien que se precie, espera pacientemente alimentándose de su huésped para en un momento de debilidad saquear sus reservas y debilitar, irremediablemente, a su presa.

¿Todavía no la ven? ¿No observan  las camas cerradas, la gente sin contrato (o con ellos, pero precarios) y  los derechos que conquistaron nuestros progenitores  ser engullidos sin remisión por el monstruo?

Ahí está. Ha pasado desapercibida tras carteles de vajillas y cuberterías.

Es una oficina de Bankia, que resiste gracias a que desde enfrente salen recursos una y otra vez para su sostenimiento ( y el del sistema bancario en general)

¿Qué sistema es éste que permite enviar a la miseria lentamente a su población para sostener a estos bandidos?  Las generaciones mejor preparadas de la historia  del  Estado, malviven en casa de sus padres o hacen las maletas.

Estos fulanos (todos) que nos han gobernado y  que nos gobiernan, ¿qué tienen que ver con nosotros, el pueblo?  ¿Sabe alguno acaso de vivir con una mísera pensión de viudedad, sus hijos van a colegios donde hay más de treinta  chiquillos por aula y donde los profesores cada vez son menos? ¿Utilizan la sanidad pública POR CAUCES NORMALES?

¿Qué sabe esta gentuza  de lo que se vive en la calle?  NADA.

Su universo es otro. Es impoluto, sin basura. Pero con un hedor insoportable a cinismo y poca vergüenza.

Y se atreven a decir que es culpa nuestra.

Nuestra responsabilidad fue mínima al confiar en un sistema que, entonces, era respetable.  Pero no, la tenían que joder y con una política “yernísima” fueron a ganar más y más de manera insaciable. Y ahora hay que mantener el sistema bancario. Yo así también: pierdo tu dinero, lo pedimos prestado a los de fuera PERO MIS FALLOS LO PAGAMOS ENTRE TODOS.

Y venga a cruzar más fondos de mi hospital a la oficina de Bankia. Porque si lo pensamos, ES ASI.

Entre tanto las banderas  que nos representan no ondean gloriosas en sus mástiles.

Mientras, nos moldean hábilmente como una sociedad casi catatónica, donde la inacción es general. Donde se fomenta deliberadamente la insolidaridad a través de un arma poderosa: el miedo.  Donde el circo se impone cada vez más. ¿Sabíamos que estaba pasando mientras Cristiano Ronaldo “estaba triste” y los medios  dedicaron horas y horas al asunto?  Por cierto que el fichaje de este gladiador moderno lo gestionó…Bankia.

Mordimos el anzuelo. Y lo volvemos a morder.

Mi madre, con 86 años en su curvada espalda,  siempre nos cuenta como era la vida antes.  Entre sus múltiples vivencias nos recuerda que, en cierta ocasión, mi padre y ella lloraban sin desconsuelo por tener a su primogénito enfermo y no tener  cien pesetas para el médico. Era en torno a los años 59-60 del siglo pasado. No hace tanto.

¿Qué queremos? ¿Repetir la historia? ¿Lo vamos a permitir? Esto (sanidad, educación, servicios sociales)  hay que defenderlo porque no es cierto que no sea de nadie. ES NUESTRO.

Y de nuestros hijos.

Tenemos con ellos, un deber ineludible.  ¿Vamos a rechazarlo?

 

 

 

Luna

Todavía creo que al abrir la verja, me estará esperando para saludar, moviendo aquel minúsculo rabillo sin parar.

Pero no. Se ha ido dejando en la familia un vacío difícil de describir. Fue su noble y gran corazón el que al final le falló. Era una cuestión de probabilidad. Si algo le había de pasar era en lo más grande que tenía.

Atrás han quedado once años de juegos, carreras y, sobre todo, una extraordinaria y fiel compañera.  De tardes enteras esperando  pacientemente a que su juguete preferido, la pelota, saliera de aquel armario al que ella me llevaba ladrando.

Cuando los cachorros humanos llegaron,

las trató siempre con un respeto y una sensibilidad pasmosa. Se acercaba siempre con signo de sumisión buscando una caricia de aquellas manitas. Siempre cautelosamente, a sabiendas que sus más de treinta kilos eran mucho para ellas.

Solo ha dejado a Canelo, un chucho que le ladra ahora a la soledad y al desconcierto.

Me esperó donde la encontré por última vez. Me señaló, quiero creer, el camino al sitio al que debía llevarla.

Su cuerpo estaba a  la entrada de la huerta solo cubierta de un manto de estrellas y con la pelota que durante su último mes no le negué,  a su lado.

Están las dos juntas para siempre en su lugar preferido, allí  entre los mandarinos y el naranjero grande donde, pacientemente, esperaba su turno para jugar.

Allí donde, todavía hoy, alzo mi cabeza esperando verla.

Pero no.

En Gran Canaria, pasados  treinta días de marzo de 2012

Paradoja

Aquel monstruo verde de cabeza invertida se abalanzó sobre mí, eclipsando con su cuerpo la luz fría y parabólica.

Me habló al oído en un tono amenazante y frío como la sala que tapaba mi desnudez: “ empieza a hacer una cuenta atrás desde diez”, me dijo.

Inmediatamente  un torrente blanco se precipitó de manera rápida por aquel pequeño conducto en mi dirección invadiendo todo mi ser  hasta convertirme en un témpano. Cuando la cuenta atrás iba por la mitad, hasta el sopor del hipnótico que doce horas antes me habían dado se hubo esfumado y, de manera sorprendente, estaba completamente alerta.

-“¿No se duerme?”, preguntó el otro monstruo que iba armado.

– “No”, contestó el de cabeza invertida.

 “A veces pasa”, prosiguió,” los anestésicos tienen un efecto paradójico poco estudiado e inducen  todo lo contrario a lo que se persigue. Es como la vida misma”

Como la puta vida, pensé yo.

Entonces sentí el afilado bisel rasgar sin piedad mi piel…

 Las Palmas de Gran Canaria, pasados  cuatro días de marzo de 2012

Se están pasando (y los piroclastos humeantes)

Se están pasando. Nuestros líderes (digamos que lo son, para no empezar mal) lo están haciendo. Y mucho. Resulta que la inmensa clase media española tiene la culpa de la situación en la que estamos. O sea, que el tercio de mi sueldo que llevo pagando para contribuir, como no puede ser de otra manera, al Estado al que pertenezco, no les basta.

  Tengo que, además, restringir mis gastos corrientes, mis legítimas aspiraciones de cualquier tipo porque ellos no saben administrar la bolsa común. Porque, quizás, tenga que ahorrar para pagar un seguro privado porque a lo peor la sanidad pública baja a niveles impensables de eficiencia hace poco tiempo. Porque también, quizás,  la escuela pública en la que estudié vea recortada también sus aspiraciones de vertebrar una sociedad ilustrada.

 Y, como trabajo para el estado, mi trabajo se ve analizado por el telescopio Hubble como si fuera un agujero negro en el espacio exterior. Porque somos culpable de habernos formado, opositado y trabajar para una empresa llamada País.

  Y venga a exprimir. Para sostener entre otros , al sistema bancario ( ¡pobrecitos!). Mientras, los dirigentes se privan del chocolate del loro, de la anécdota, del artefacto y del ornamento. Del problema real, de la degradación de valor de una sociedad donde la honradez es un vestigio pasado, donde el cafre triunfa, donde el rigor en el gasto público no ha existido (y mira donde estamos), donde la  palabra justicia  no significa nada para la familia de una chica asesinada…ahí no se meten.

Tenemos que aguantar (¿hasta cuando?) que esta panda de incapaces nos siga desgobernando. Estos que han demostrado que , para seguir pisando moqueta de despacho oficial,son capaces de de llorar por el que se va y aplaudir al que viene…el mismo día.

Mientras aquí nos debemos seguir seguros: Los piroclastos humeantes de La Restinga  están bien vigilados por la Policía Autonómica de Canarias (cuya creación fue “un clamor social”). Para documentarlo, la televisión autonómica  ( esa donde su director general recibió su formación en la universidad de la vida y cuyo rector es nuestro presidente autonómico)  ha retransmitido casi en directo la aparición de cualquier piedrecita en el mar de Las Calmas. Como aliño, mucho fútbol y telemierda.

 Como banda sonora: Pepe Benavente.

Je suis désolé.

El timple de Miguel

 

 Sí,  es un timple el que escribe.  Hace pocos días que busco a mi dueño. Me dejó para ir a pescar y no lo he vuelto a ver. Y por las caras que me rodean, me temo lo peor. Pero lo sigo buscando.  De hecho he hablado con compañeros influyentes en otros territorios. Les he pedido ayuda al tambor, al pandero,  a la espada y la guitarra. Todos ellos siempre van al Rancho de Animas de Valsequillo y les he pedido que me lo busquen. En alguna ocasión yo también les acompañé.  Las tradiciones seculares hay que mantenerlas y la familia en la que caí es un ejemplo de esto. A ver si hay suerte y ellos, que tienen contactos “por ahí”, me dicen algo.  Añoro ya sus curtidas manos que sacaban de mí notas casi siempre alegres. Qué bien nos lo hemos pasado juntos. Pero, sobre todo, ¡qué bien lo hemos hecho pasar a los demás! Donde había un tenderete, estábamos. Donde no lo había, lo hacíamos.

Esas manos de las que hablo son como todas las de sus padres y hermanos.

Gente trabajadora,  honrada. Una familia como una piña, que nadie lo dude.  Orgullosos de sus triunfos en  una vida dura  marcada por el esfuerzo, el tesón, la constancia . Da gusto estar entre ellos, la verdad. Son muchos y aunque siempre hay alguna diferencia, todo se termina arreglando, porque saben que siempre se han tenido en las buenas y en las malas. Sí señor, cuando hace falta, son todos como una misma persona.

Pues de esa familia es Miguel.

 Todavía mis compañeros no me han dado noticias de él. No lo encuentran en este mundo. Malo.  A ver si las ánimas nos dicen algo.

¡Pues no pasamos buenos ratos! Hasta hemos tocado juntos con el timple del “Colorao”. A veces de tanto tocar me quedaba fastidiado y otra vez me afinaba. Siempre con cariño, volvía a sacar lo mejor de mí. Y si lo conocieran sabrían que esa es una virtud en él. Sabe sacar lo mejor de la gente. Risueño por naturaleza, hasta enfadado  se adivinaba en su boca una sonrisa.

En fin, les seguiría hablando de él pero los del Rancho han averiguado algo.

Me acaban de decir que si pongo bien la oreja lo oiré. Su nueva dirección: arriba, tercera nube a la derecha. Y si que lo oigo. Ustedes no pero yo sí que lo hago.

— ¡¡Timplillo ven, sube!!  —acabo de escuchar. En fin, los dejo, me voy que tengo trabajo.

Miguel ya organizó una parranda.

 

 

 

Y el propietario de este blog solo dice:

Con todo mi afecto y consideración más sincera  a todos los componentes de la familia Sánchez Cruz.